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ISSN 1989-4163

NUMERO 37 - NOVIEMBRE 2012

España 2012: ¿Fin del Mundo o Una Odisea Dos?

Joaquín Lloréns

La década que vivimos tiene dos grandes referencias fantásticas o pseudocientíficas en la imaginería popular. De un lado, la predicción maya del fin del mundo el próximo día 21-12; de otro la segunda parte de la novela de Arthur C. Clarke, “2001: Una odisea espacial”, titulada “2010, Odisea Dos”.

Aunque no me he documentado mucho respecto a la predicción maya del fin del mundo (ya me bastaron las catastrofistas previsiones del 31-12-1999, la informática del 1-1-2000 y la de 31-12-2000 –por aquello de la discusión de cuándo comenzaba el tercer milenio. Lo más gracioso de aquellas previsibles hecatombes milenarias era que se basaban en la fecha de nacimiento de Cristo, que parece que tuvo lugar entre 4 y 8 años antes del año que usamos como referencia-), lo único significativo es su coincidencia con el solsticio de invierno y, desde el punto de vista científico, que este año hay una poco frecuente –pero en absoluto alarmante- actividad solar.

En cuanto a “2010, Odisea Dos”, que aclara la inextricable “2001: Una odisea espacial” de la versión cinematográfica de Kubrick (la novela de Clarke es bastante más inteligible), su planteamiento es lo contrario: un nuevo renacer de vida en la luna Europa tras convertirse Júpiter en una nueva estrella mediante su propio colapso.

Lo que sí parece cierto es que en España estamos en plena disyuntiva de hacia cuál de esas dos predicciones nos dirigimos. Ya son 37 años los trascurridos desde la muerte de Franco y durante esos años de democracia (aparente), nuestros políticos han conseguido alzarse al rango de casta brähmánica y derivar a los antifranquistas hacia el antisistema y la antiespañolidad. Somos un país de risa en muchos aspectos. Nuestros vecinos de mesa en la ONU, así como nuestros colegas en la UE, nos deben de mirar como si estuviéramos alienados o como si fuéramos unos visionarios peligrosos. En este país de himno sin letra –o con letra que no se quiere reconocer como tal por haber sido compuesta en un pasado que sólo se quiere olvidar para ciertas cosas-, y durante muchos años, la gente se lleva avergonzando de su nación, cosa casi inédita en la historia. Últimamente –y a pesar de que nuestros drogodependientes futbolísticos han alcanzado las mayores cotas de éxito de la Historia-, sólo algunos han comenzado a reivindicar su nacionalidad española tras ser esta asumida por algún partido político como propia. Si en Estados Unidos la gente se detiene, esté haciendo lo que esté haciendo, al sonar el himno nacional, en España se pita o, en el mejor de los casos, se ignora.

La espiral separatista vasca y catalana –la gallega parece haberse hundido en las profundidades de la sima del Prestige - parece haber alcanzado un punto de no retorno. Lo más curioso es que son las únicas partes de este país que jamás han sido un estado independiente. La crisis económica –azuzada por una Alemania a la que viene de perillas para financiarse ¡al cero por ciento! y por una China comunista que, paradójicamente, lleva lustros financiando el capitalismo y ha decidido erigirse en la próxima potencia económica mundial- ha supuesto el escalón último y necesario para que esas dos provincias-condados-señoríos-regiones-naciones-estados (elíjase lo que más convenga a cada uno) estén a punto de prender la mecha al polvorín en el que se ha convertido España. Visto desde fuera (o mejor dicho, desde la periferia; o mejor aún, desde los espacios que constituirán las futuras reivindicaciones expansionistas de los estados secesionistas), la desintegración del “país antes conocido por España ” parece inevitable a corto plazo. La inconstitucionalidad de tal acto no preocupa a estas alturas a nadie. Demasiado se han preocupado durante estas décadas los partidos de infiltrar las judicaturas de políticos y de no hacer caso de las sentencias cuando no les convienen. Ni estoy a favor ni en contra. Es inútil posicionarse frente a un hecho inevitable.

Y eso me hace volver al comienzo de este artículo. ¿Qué va a pasar? ¿Será el fin del mundo o será el nacimiento de uno nuevo? Me temo que algo de ambas cosas, aunque esperemos que la sangre no llegue al río. Todos los divorcios sufren de grandes tensiones. Yo tengo la esperanza de que el nuestro mantenga una cierta compostura, “por el bien de nuestros hijos” y que nuestra separación no acabe en un nuevo derramamiento de sangre fratricida. Llevamos más de setenta años sin participar en una guerra de verdad y ya quedan muy pocos que sepan la tragedia que un conflicto bélico implica, con lo que algunos descerebrados pueden lanzarse a la arena sin sopesar bien las consecuencias.

Previendo un divorcio más o menos civilizado, nuestro país, convertido de nuevo en pequeños reinos de Taifas, pasará a ser completamente intrascendente a efectos de política internacional. Todos juntos apenas nos hacemos oír ahora. La Gran Alemania y la UE nos harán pasar una travesía en el desierto hasta que, magnánimamente, nos vuelva a ir dejando poco a poco formar parte de ella. Pero no nos equivoquemos; no van a dejar pasar la oportunidad de bajar nuestros humos hasta que nuestra riqueza vuelva a tener un gap con ellos similar al de cuando éramos franquistamente autárquicos. Los alemanes quieren volver a veranear en una Península Ibérica donde, por lo que les cuesta una cerveza en su país, aquí les dé para media docena; donde una cena de marisco les cueste lo que una salchicha en Munich. Y así será. Sin darles facilidades, está claro su camino en esa dirección en los últimos tiempos, al igual que ha sucedido con Grecia, Portugal y está también sucediendo con Italia y nosotros. Al menos, espero que, en el ínterin, volvamos a quitarnos de encima todas las prohibiciones luteranas del beber, comer, etcétera que nos ha impuesto Europa durante los últimos lustros.
No podremos viajar por el mundo como hemos hecho estos últimos años, como si fuéramos suizos, tenedores de los fondos opacos del mundo. Volveremos a viajar como emigrantes, como ya estamos haciendo últimamente. Hay quien acepta encantado esa posibilidad a cambio de ser País, aunque detrás de todo ello no veo sino el inagotable ansia de los políticos.

Pero al final, tras quince años de duro regreso a la “Europa empieza en los pirineos”, volveremos a reintegrarnos en la UE y, paradójicamente, la razón económica que engatusa a la gente para desear crear un idílico reino de Taifas a fin de no pagar más que los demás, volverá al punto de partida, sólo que, en vez de transferir vía Gobierno de España la solidaridad, lo haremos vía la UE.


Véase la crítica de Juan Luis Calbarro en este mismo número de Agitadoras.

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